Cómo perdonar cuando duele: el camino hacia la libertad
Perdonar es una de las cosas más difíciles de la vida cristiana. No porque no sepamos que debemos hacerlo, sino porque la herida es real. Y sin embargo, guardar rencor es como beber veneno esperando que le haga daño al otro: el único que se envenena eres tú.
La Biblia nos llama a perdonar «como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Efesios 4:32). No es una sugerencia sentimental; es el camino hacia tu propia libertad.
Perdonar no es decir que estuvo bien
Perdonar no significa justificar lo que te hicieron, ni fingir que no dolió, ni siquiera volver a confiar de inmediato. Significa soltar el derecho a la venganza y entregarle a Dios la deuda que otro tiene contigo. Es dejar de ser el carcelero de quien te hirió… y darte cuenta de que la celda te encerraba a ti.
Perdonamos porque fuimos perdonados
Jesús contó la parábola del siervo al que su señor le perdonó una deuda impagable, pero que salió y ahogó a un compañero por una deuda mínima (Mateo 18:21-35). El mensaje es claro: quien ha recibido tanto perdón no puede negarlo. Dios, teniendo toda la razón para condenarte, eligió perdonarte. Esa gracia es la fuerza para perdonar tú.
El perdón es una decisión, no un sentimiento
No esperes a «sentir ganas» de perdonar; ese día quizá no llegue. El perdón empieza como una decisión de la voluntad —«elijo soltar esto»— y muchas veces el sentimiento sana después, con el tiempo y con Dios.
Un paso práctico para hoy
Pon el nombre de esa persona delante de Dios y dile en voz alta: «Señor, entrego esta herida en tus manos y elijo soltar la deuda». Quizá tengas que repetirlo muchas veces. No importa. Cada vez que lo haces, la herida pierde un poco más de poder sobre tu presente.
Perdonar no cambia el pasado, pero libera tu futuro. Y esa libertad es un regalo de Dios para ti.
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